eclipse

2026 08 13

Ayer fue un día complicado, tanto como lo es toparse con un fenómeno astronómico como el que sucedió ese 12 de agosto de 2026. Pero todo empezó al despertar tras publicar "rebobinar". Abrir los ojos y no tener 11 años supuso que no se rebobinó, y por si fuera poco, estaba cansado porque me acosté tarde tras la publicación, había dormido siete horas y algo y no podía dormir más porque adelanté la cita con la enfermera para inyectarme la maldita B12 mensual. Así que me duché y allá fui. Por suerte esa vez la enfermera que me tocó no me hizo daño. Después fui a casa de mi hermana para hacer la foto de los cinco meses a mi sobrino, entonces pasaron varias cosas.

Intenté ayudar con la compra, pero eso molestó por el modo en que lo llevé a cabo. Yo solo quería ayudar porque eso de la falta de empatía autista es mentira, y dado que me habían hecho el favor de comprar unas cosas, no estaba de más ayudar. Así soy. Hay por ahí gente que pide y pide sin inmutarse ni compensar, yo solo quería equilibrar la balanza porque me siento mal ante estos actos. Soy como Sheldon Cooper, no soporto los regalos porque me ponen en deuda. Así que me sentí mal y he decidido que jamás voy a ayudar más. No sé leer las señales de esa casa, así que intento evitarlo.

Después llegó otro conflicto, esta vez interno. Adelanté todo para poder hacer esas fotos, pero resulta que el sujeto tenía que dormir un poco. Así que ahí estaba yo, con sueño y bajo la demanda de mi sobrina cuya energía es inagotable. Por fin bajó el pequeño y pudimos hacer bastantes fotos. Tarea resuelta. Pero mi sobrina, como es habitual, no quiere que marche porque juega conmigo. Así que me convenzo de comer allí a pesar de que no me siento cómodo. No es mi comida, no es mi cocina... Dejo los cacharros sin lavar pese a que es lo que odio que hace el padre de mi hermana en casa de mi madre, pero sabía que mi sobrina estaba esperándome así que no la iba a hacer esperar con lo que lo odio. Comemos y no quiere dormir. Así que jugamos un rato más. Es curioso como en mi habitación no tengo sueño, pero en esa casa la energía cae en picado. Y sé que es esa casa y no mi sobrina porque en el parque no me pasa. La incomodidad acaba con mi energía.

Jugando con mi sobrina me di cuenta de una cosa, una dolorosa cosa que ya había plantado en el texto de esa noche. Y es que la psicóloga clínica a la que dejaré de ver en noviembre se pasó la última consulta sugiriendo que en lugar de cortarme o pensar en finalizar el camino debería llamar a mi hermana. La psicóloga está obsesionada con ello, y una vez más se vuelve a equivocar. El frenador siempre fue mi sobrina. Pero en aquel momento jugando con ella me sentí tan vacío, tan cansado, tan innecesario. Y es precisamente ese momento delicado en el que entiendes que tu freno puede estar perdiendo adherencia.

Mi hermana ha conseguido formar una familia, con su casa, sus hijos, su marido, su coche, su trabajo, sus vacaciones, y todo eso que parece un anuncio. Y bravo por ella. Pero yo tenía a mi madre. Sin ella me quedé como un apéndice, y con peritonitis.

El caso es que mi sobrina puede que no sea un freno, puede que sea más bien un ancla.

Me pasé dos años en Valencia sin dar explicaciones a nadie, tenía mi habitación, mi libertad, mi depresión, y cierto control sobre mi vida. De hecho ya ni siquiera iba a trabajar con el jefe porque prefería ir libremente en el tren que esperar a que le saliera de las legañas levantarse. Madrugaba y llegaba el primero a la oficina porque no tenía nada más que trabajo allí. Me pasaba el día en el trabajo porque no tenía otra cosa fuera de él. Salvo el ratito de videollamada con mi madre. Yo decidía cuánto y qué comprar, organizaba mi vida en esas circunstancias. Y de repente: enfermo. Y todo se va a la mierda. Paso meses jodido por la pérdida de audición, yendo a médicos que no saben nada, esperando citas que no llegaron, y pagando un seguro que me acabó echando cuando no le salí rentable. Ese 2023 fue la destrucción de mi independencia. Y en 2024 ya sabéis lo que pasó. Yo, mi madre y mi sobrina fuimos el pack que se apoyaba mutuamente. Fueron unos bonitos meses. Y luego mi madre murió y ese pack se quedó incompleto. Yo me hice cargo de mi sobrina como hacía mi madre, y creamos un vínculo fortalecedor. Pero siempre faltará mi madre. Tuve que aprender a dormir a la peque, a cuidar de la peque, a entender los ritmos de la peque. Y eso me aportó muchas cosas. Y también destapó mi autismo.

Soy como los juguetes de Toy Story pero al revés, solo cobro vida cuando juego con mi sobrina. El resto del tiempo soy más bien algo que aún trato de averiguar. Pero no es vida. No oigo bien, no veo bien, y fijaos hasta que punto estoy conectado con el mundo que rebobinaría los últimos 20 años de mi vida, dos tercios, sin pensarlo. Veinte años son muchos años de insatisfacción, son años de ansiedad, depresión, infelicidad, miedo, errores. Hay más fallido que acertado. Y aunque intente compensar ahora, mal y tarde, no es resolutivo. Aunque termine el grado en psicología, incluso aunque haga el máster de neuropsicología, no podré ejercer. Me ahoga el mundo. Solo he estudiado y trabajado. No he hecho otra cosa en toda mi vida. Por eso miro másters y mil estudios para seguir cuando termine. Pero no me sirve. Necesito trabajar, necesito implicarme en algo que me desarrolle más allá de aprender cosas para aprobar exámenes. Necesito sentir que estoy haciendo algo útil. Y no tengo la percepción adecuada para poder hacerlo. No es que no quiera trabajar, muero literalmente de ganas, pero no puedo hacerlo. Y si finalmente no me conceden la incapacidad absoluta intentaré ejercer como neuropsicólogo aunque tenga que superar barreras, escalar montañas y saltar de acantilados, pero no debería ser superviviente, no le haría ningún bien a nadie así.

Cuando subí a la montañita a ver el eclipse al principio no sentí nada. Era como una especie de luna menguante, no era nada especial. El sol seguía pintando el paisaje y no parecía ser distinto. Solo al ponerte las gafas y mirar veías como la luna se lo iba comiendo poco a poco. Pero el sol seguía como si nada. Me recordó a mi vida. La luna son los años irrelevantes que van comiéndose la luz lentamente. El momento especial es cuando tras las gafas el sol desaparece, todo se oscurece, y a plena vista ves algo en el cielo único. Es un momento mágico en que no es ni día ni noche, un atardecer extraño. Y en el cielo hay algo que jamás has visto. Es como uno de esos aros de luz led, pero en la lejanía del espacio, tan tenue y hermoso. Por un momento se congela el tiempo. Y piensas. Hasta que la luna vuelve a destapar el sol y todo vuelve a ser la miseria de siempre, la gente acelerada se marcha tras la excepcionalidad y todo termina. Y sabes que ese evento no volverá a ocurrir. Porque aunque se esperan dos eclipses más, no serán totales, y la parcialidad no es nada, es baladí. Y pensé: Qué mal hice en no haber comprado ese objetivo, podría haberlo fotografiado, capturado para siempre. Pero qué más da. Pasé semanas con ese runrún taladrándome la cordura hasta que, quizá erróneamente, pensé a futuro y asumí que gastar un dinero finito en un objeto de un solo uso era algo absurdo teniendo una universidad que pagar. Cuando solo era estudiante me frustraba mucho no poder comprar cosas que necesitaba. A los 12 años me compré una bici para la que ahorré meses, y esos 160€ de aluminio aún están en el trastero. A los 15 ahorré meses, más de un año, para poder comprar ese portátil que siempre iba en mi mochila en el que escribí cientos sino miles de poemas. Y como no llegaba para un macbook, ese HP de quinientos euros hace ya mucho que murió achicharrado. Luego llegó el ahorro para esa Nikon D5100, mi amigo Carlos me adelantó dinero para ello; y aunque yo quería la D3200, tuve que optar por esa aun enfadando a una amiga que la quería y acabó comprando una D3100 para no tener la misma, cosa que tampoco entendí problemática. Hasta los 22 años viví de la paga de mi madre, unos 80€ al mes que tenía que estirar al máximo. Y sí, muchas veces pasaba por no cenar con mis amigos para ahorrarlo. Lo de no comer por no gastar no es nada nuevo. Dicen que los autistas tenemos la pirámide de Maslow invertida, y en mi experiencia así lo considero.

Esa es la misma razón por la que no he tenido nunca ahorros hasta ahora. No sé dónde estuvo ese pozo sin fondo, pero pasé de ahorrar a no hacerlo y terminé 2024 con menos de mil euros en la cuenta pese a llevar ya seis años trabajando ganando una media de 1.100€ al mes, aunque la vida en Valencia no salió barata por la independencia, pero de ahí a no tener ni mil euros... Como el dinero entraba no medía la salida. Y me arrepiento profundamente de eso. De ahí que quiera borrar todos estos años. Para mí son como una de esas series de ahora, han sido entretenidos, pero no dejan huella, podrían desaparecer que no importa. No tengo coche, ni casa, ni nada en propiedad por lo que se pague impuestos. Es decir, a efectos del Estado soy pobre, no tengo bienes ni inmuebles. Y eso hace que la muerte sea tan reconfortante cuando no tienes deudas heredables. Por eso mi sobrina es un ancla, mi ancla a la vida. Pero siento que la muerte me sigue llamando y por eso me siento tan cansado. Trato de seguir por esa peque, por que no pierda este vínculo, porque no tenga que echarme de menos para siempre como lo hago con mi madre. Pero esa empatía me pasa factura.

Lo que queda es una condena, y no precisamente a muerte, sino a vivir. Una cadena perpetua.

No tengo trabajo ni veo posibilidad de tenerlo. Sí ganas, me vale profesor de piscobiología o neuropsicólogo. Pero lo veo improbable. Por tanto no tengo posibilidad de rentar ni comprar mi propio hogar. Y necesito un espacio para mí donde tener mi orden, mi control, donde no soportar las manías de nadie. Me da igual si son treinta o cincuenta metros cuadrados, no necesito más, pero necesito que sean míos con mis condiciones y necesidades. Es jodido tener que pedir la compra online porque no hay un puto Mercadona cerca, que es el súper más barato. Y es jodido porque no tiene de todo y aún así hay comida que necesito tocar, ya sabéis. Y eso me hace salir a la calle, con el calor, el olor, el ruido y esa maldita gente egoísta que fuma como si el aire fuera solo suyo. Si ya me ahoga la vida oxigenada podréis imaginar lo que pasa cuando me llega ese tóxico a las vías respiratorias; efectivamente, el ahogo se vuelve totalmente real. Cuando tienes una enfermedad metabólica no puedes permitir que nadie te robe el oxígeno que necesitan tus células para funcionar. Pero he visto gente fumando bajo el cartel de prohibido fumar en la puerta de un hospital, y aunque eso sí está tajantemente penalizado por ley, nadie hace nada. Y esos hijes de le grandísime pute siguen jodiendo sin que ningún adenocarcinoma de pulmón, o cualquier otro, les de su merecido final.

Es decir, que aún enfermo, sin trabajo, sin dinero, sin hogar, sin madre, con muchos estudios que no puedo desempeñar me siguen tratando de coaccionar, que no convencer, pues van en contra de mi total libertad de eutanasia, con la excusa que sea. Hasta yo mismo me digo de esperar a terminar el grado para poder morir como psicólogo. Pero para qué, qué más dará, si cuando done mi conjunto de tejidos no llevaré identificación en el pulgar. Seré solo eso, un saco de piel, órganos y huesos con los que practicar anatomía en la facultad de medicina.

Entonces comprendes que cuando enfermas la pirámide de Maslow revierte su inversión y sin la base es insostenible la vida.

Es como el eclipse, cuando la oscuridad tapa la luz, el tiempo se detiene, solo un instante. Es, en esencia, la muerte.

Filosofando con Gemini

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