Hoy es una de esas noches en las que pienso cómo sería ahora mi vida si pudiese rebobinar el pasado. Pero, ¿hasta cuándo? ¿En qué punto paras la cinta para sobreescribir a partir de ahí? Uno tira hacía atrás y asume todo lo que borraría al hacerlo. Algunas son cosas tan absurdas como títulos académicos y otras implican una sobrina y todas sus experiencias con ella. No es fácil rebobinar, pero cuando asumes el bien mayor, ¿cuánto?
Podría borrar mi paso por las universidades, mi gasto en Too Many Flash, mi grado superior que me torció el rumbo, mi bachillerato que me puso en el lugar equivocado en el momento equivocado desembocando la peor relación y más tóxica que he tenido en mi vida. Eso lo borraría sin inmutarme. Tal vez borraría también mi grado medio en informática, y también evitaría repetir segundo de ESO y, aunque parar en aquel concierto de Fondo Flamenco junto a la chica de la que estaba enamorado podría ser una opción, borraría un poco más hasta sexto de primaria, no para evitar que esa chica me dejase, esa lección es bien merecida. Sino para cambiarme de instituto. Un cambio drástico. Lo sé. Me perdería conocer a grandes profesores que han contribuído a ser quién soy. Polanco, Chelo, Orlando, Fernando... Siempre en mi mente. Pero quiero pensar que habiendo ido al Rey Fernando VI en lugar de al Vega del Jarama mi trayectoria académica, social, vital, etc hubiesen sido radicalmente distintas.
El Vega pequeño era una cárcel a todas sombras. Latinkings, neonacis, exclusión social... peleas diarias. Una vez vi como le abrían el pómulo a un chaval de un puñetazo. Solo por evitarme eso ya merece la pena rebobinar.
Ni tan siquiera sé porqué elegí ese instituto, tal vez porque estaba enfrente de casa, de mi madre. Pero las señales eran claras. Mi amigo Jorge, un año mayor, fue al otro; mi amigo Carlos, el cual me presentó Jorge, se conocieron en el otro; mis compis de futbol sala, fueron al otro. Y yo me quedé con el que eligió mi hermana seis años mayor que yo. Pero me arrepiento. Y sí, no conozco los profesores de secundaría que hubiese tenido en el otro centro, y los que tuve en el mío en la segunda etapa eran, porque ya se jubilaron, jodidamente buenos. Pero siento que me debo ese reinicio, que fantaseo con la posibilidad de hacerlo real porque me duele cómo salió todo. Y aunque hay cosas buenas, estoy convencido de que solo con haber elegido el otro insti ahora sería una persona menos triste, más segura, con menos cicatrices y completamente diferente.
Pero no se puede rebobinar la vida. Las células se degradan. Se adaptan. Se mueren. Y es una pena.
Tampoco hubiese sido perfecto. Mi amigo Jorge repitió, mi amigo Carlos repitió, unas ex-amigas de mi edad que éstos me presentaron también repitieron y por eso se conocieron. Repetir curso en secundaria parece habitual en mi generación. Quizá eso no lo hubiese podido cambiar. O quizá sí, qué sé yo. Sin poder rebobinar la vida tampoco puedo avanzarla cambiada.
Como estudiante de psicología he de hacerme preguntas. Me pregunto por la depresión, la infelicidad, las terapias, y como ya sabrás asiduo lector, la psicopatología es de causa social; por tanto, la solución está en no hacer pasar a una mente inmadura por semejantes elecciones. Con 30 años puedo repasar mi vida y replantearla con todos los costes, pero con once años no se puede pretender que sepa qué camino tomar. Ni qué priorizar cuando me equivoqué y he de sobrevivir en un aula hostil.
Incluso ahora me cuesta elegir posibles alternativas. ¿Y si en el otro insti no me hubiese ido mal y hubiese hecho bachillerato? ¿Hubiese sido de ciencias?¿Hubiese ido por ingeniería, medicina, psicología, física? ¿Y si me hubiese ido no tan bien? ¿Hubiese ido a por informática como hice? ¿Hubiese seguido en informática? ¿Hubiese ido a un ciclo sanitario como el de laboratorio clínico y biomédico que se imparte en el tercer instituto? Suponiendo que el autismo siguiese enmascarado, ¿se habría logrado desvelar con esa otra trayectoria en ese instituto? Sin duda el diagnóstico temprano de autismo podría ayudar a responder todo eso.
Es muy complicado ser niño, ser adolescente, y responder a cosas para las que no estás preparado.
Tengo treinta años, estudio psicología, me apasionan las neurociencias y en especial la neuropsicología y me encanta porque trata de explicar la neurobiología a través de las conductas observadas. Es el traje a medida de mi autismo. Toda la vida observando a los demás desde la distancia, sin intervenir, sin comprender. Y ahora busco justo eso, la comprensión de esos actos y lo que esconden.
Cuando mi sobrina juega con sus amigos yo observo. Los padres verán un juego. Yo veo desarrollo motor, planificación, impulsos, decisiones, comunicación verbal y no verbal, manifestación de emociones... Y es el mejor programa de televisión que os podáis imaginar. Ver el neurodesarrollo en estado puro es ver esa cinta grabándose en directo. Y lo que me jode es que tardé treinta años en averiguar que ese es mi sitio. Que toda la vida he tenido esas preguntas pero nadie me había dicho que había una profesión que trataba de responderlas. No voy a sanar. La sordoceguera es incurable, y aunque no total, es suficiente para evitarme el correcto desempeño de esa y muchas otras profesiones. Y es una pena. Porque podría haber ayudado a que muchas personas tuviesen sus respuestas antes de caer. Ayudar a detectar autismos, neurodivergencias, patologías, en infantes y adolescentes antes de que fuese demasiado tarde. Solo espero que haya otros cumpliendo esa labor. Aunque sea una ilusión tan falsa como rebobinar la cinta de mi vida.
Hay muchas cosas que me hubiese gustado cambiar, como tener una blackberry. O no tener redes sociales. Haber seguido haciendo deporte aunque quizá hubiese cambiado el fútbol por natación, incluso hasta el atletismo me parece una opción ya que aunque era el portero era el que más aguante tenía corriendo.
Como ves, mi yo ideal guardó partida en sexto de primaria, y de eso hace ya dos décadas.
Y sí, si me dieran a elegir ahora mismo poder despertar mañana con once años, lo tengo claro. Pero la gracia está en que ese yo debería recordar lo suficiente como para tomar otras decisiones. Porque según el determinismo situacional en psicología interpersonal: "si te pusieras en lugar del otro, harías exactamente lo mismo, pues estarías en sus mismas circunstancias, con su perspectiva" Es decir, tendría que despertar tras haber soñado esta vida, para así poder conducirme a otra. Como las películas de Destino Final.
Renunciar a estos cuatro años de mi maravillosa sobrina a cambio de volver a vivir esos veinte con mi madre y reestructurar mi vida. ¿Dónde firmo?
Porque una cura para la depresión es la amnesia retrógrada. Es olvidar el pasado que te formó (roto) para poder formarte nuevo.
Solo que en este caso arrastra más allá de la memoria. Supone la oportunidad de empezar de nuevo justo antes de que empezara la cascada de desastres. Por eso no elegí borrar el bullying, ni la muerte de mi abuela paterna, esos son inevitables que hubiesen ocurrido igualmente. Pero ¿qué hubiese sido de mí si en lugar de aquella cárcel de adolescentes hubiese elegido un instituto?