El título es la palabra que usaban mis amigos para cuando quedábamos, pero me aburría y me aislaba solo a poner cosas en Twitter, y de ahí el nombre "autwisteando" combinando un rasgo autista con la plataforma que usaba para "evadirme". Ahora a los 30 años y con el descubrimiento de mi autismo empiezo a entender muchas cosas, y a mirar con ojos expertos toda mi vida para darme cuenta de que ojalá alguien hubiese visto lo que saltaba a la vista.
El autismo nuclear, es decir, el que no está acompañado por patologías, se caracteriza resumidamente por:
- Procesamiento sensorial atípico.
En Educación Infantil había la horrorosa costumbre de la figura del frutero, en la que una semana cada niño, o más bien sus padres, eran los encargados de llevar la fruta del almuerzo para toda la clase. Pues cuando llevaban fruta que no me gustaba la enterraba en el patio o la escondía en la ropa. Esto no dispara las alarmas, porque es habitual tener gustos. Mi propia sobrina odiaba el plátano y los zumos con dos años, y ahora con cuatro se los toma sin problemas y hasta los pide e incorpora a sus rutinas. Pero más allá de la anécdota están los famosos purés de mi madre, bien de verduras o de frutas. Mi madre sabía que no soportaba algunos alimentos, y me los echaba en el puré y si el sabor los delataba le añadía más patata y quedaba resuelto. La de verduras asquerosas que me habré zampado con los purés. Los pimientos es algo que tampoco soporto, pero si son crudos o bien planchados podré comer un poco, y solo un poco. Pero al horno no puedo ni olerlos y mucho menos sentir esa textura de calcetín sudado, me da mucho asco y vomito solo con acercármelo a la boca, y lo mismo me pasa con las judías verdes. Ahora como edamame, y aunque el olor no me gusta, el sabor es pasable, es textura crujiente y se parece a la de los garbanzos.
Y algo que ha pasado desapercibido hasta ahora es mi necesidad de aislarme con música. No recuerdo exactamente desde cuando, pero ya en las excursiones de los últimos años de primaria recuerdo tener uno de esos reproductores mp3 y escuchar canciones en el autobús. Desde entonces hasta que sufrí sordera neurosensorial con 28 años no he dejado de ir siempre con cascos. Así que sí, encajo en el tópico fenotipo autista también por eso.
Y todavía más. La soledad ha sido algo que iba conmigo siempre. No fui a preescolar. No hice amigos en infantil. Tampoco en primaria y si bien tengo fotos de cumpleaños con gente, eran más bien compañeros de clase o familia. Ninguno de los que sale en esas fotos podría llamar amigo. De hecho no salía de casa por las tardes, en parte porque a esa edad y con una madre casera... Aunque sí recuerdo ir algunas tardes al colegio a una especia de extraescolar de informática donde básicamente Jorge y yo pasábamos el rato en minijuegos.algo. Jorge era amigo por extensión, es decir, nuestros padres eran amigos, y nuestras hermanas podría decirse que también, pero él es un año mayor y tenía su propio grupo o equipo, sobre todo porque era y es jugador de baloncesto. Pero hasta los diez años no tenía más que mi habitación y soledad, y mi madre lo resolvió apuntándome a fútbol sala, más por ella que por mí, supongo, porque nunca se lo pedí. Y no, tampoco hice amigos, pero tenía un motivo para salir de casa y al menos hacía algo de deporte. Era portero, y sí, me ponía muy nervioso cada vez que se acercaba a mí la jugada. Pero la regla estaba clara: impedir que el balón entre en la portería. Algo que no se me daba muy bien. El caso es que si venían a mi era un drama que resolvía pegando un patadón, nada de pensar en quién pasar, eso es más difícil que alejar la acción de mí. Lo único que me gustaba era entrenar. Era el que más corría, el que más aguantaba, me lo pasaba bien porque eran ejercicios individuales o en pareja, todo claro y predecible. Si no hubiese sido por mi madre no hubiese ido a los partidos salvo quizá los que ocurrieran en el pabellón de entrenamiento o el de al lado de casa. Pero ir a Coslada es un reto y todo parecía enorme a esa edad. Daba miedo.
- Necesidad de previsibilidad y autorregulación.
Ya hemos visto un ejemplo con el fútbol. Y en lo demás estaba claro. Un horario para el colegio, eso sí, cada asignatura de un color: inglés amarillo, lengua rojo, mates azul, cono verde, plástica naranja... Al menos así los recuerdo. Y hablando del colegio. No fueron dos ni tres las veces en que me ponía malo, o lo fingía para no ir. Algo que tampoco saltó a la vista porque se culpaba al acoso escolar que sufría. Pero que un niño queme el termómetro por acercarlo a una lampara para aparentar fiebre no me parece algo a lo que no dar atención. Aunque como dije, culpa del bullying ¿o no?
En clase no recuerdo tener problemas académicos, aunque mis notas de infantil ya reflejan "timidez", "caligrafía mejorable" y faltas de asistencia. Es que me ponía malito, de verdad. Pero en primaria descubrí una forma de conectar con el mundo, o al menos de plasmar mi mundo, pero eso es otro criterio del que hablaré luego, como podrás imaginar, escribir. Escribía historias, pero no inventadas, al menos no de base. Quizás un cuento sobre una profesora que es una bruja. Literal. Aunque la profesora lo leyó y me animó a escribir más. Algo que me gustaba era pintar, pero además pintaba primero con ceras y después encima usaba rotulador, y así se quedaba más brillante el dibujo. Me flipaba. O cuando mezclabas capas y luego rascabas y se desvelaba la de abajo, qué psicodélico. Puede que las artes sean irrelevantes desde cierto punto de vista, pero su poder terapéutico es innegable e inigualable. Y quizá por eso tenga este desastre de vida.
- Monotropismo e hiperfoco.
Hilando con lo anterior, el arte, en todas sus formas ha sido una manera no solo de relacionarme con el mundo, como veremos en todos los aspectos, sino también de regulación, creatividad, expresión y en ciertos casos interacción. Es lo único que puedo seguir el rastro desde mi infancia hasta ahora. Llevo escribiendo desde que sé escribir y creando de algún modo desde entonces.
Pero quiero romper un mito sobre los intereses intensos. Y es que no siempre son continuos ni perdurables. De hecho, en mi caso, he querido ser miles de cosas a lo largo de mi vida, desde albañil, espía, militar, médico, ingeniero, artista, actor, blablabla. A los 17 una amiga decía que yo quería serlo todo. Y siempre ponía a mi sim como "hombre del renacimiento" que consistía en lograr dominar tres habilidades diferentes. Es decir, hiperfoco sí, pero variable. Lo que no quita que a los once años, condicionado por una de mis series favoritas: Hospital Central, quisiera ser médico y eso hizo que me obsesionara con sacar la mejor nota en Conocimiento del Medio, todo lo demás me daba más igual. Luego llegaría la informática, Apple y Steve Jobs, la fotografía... y sí, soy técnico microinformático, técnico superior en audiovisuales con másters en fotografía artística... Podría decirse que atravesé esos túneles. Otro hiperfoco han sido siempre las mujeres, pero de eso no quiero hablar. Desde infantil siempre tenía una novia en cada curso. Ya sabéis que las novias del colegio son mera apariencia. El problema llegaría más adelante, pero eso merece un texto dedicado que puede que nunca llegue. Pero me viene bien para hilar con lo siguiente.
- Comunicación.
Si algo destaca el autismo es porque no nos comunicamos de la misma manera, ni con respecto a los otros ni entre autistas. En parte por todo lo anterior. Cada uno siente diferente, sufre diferente y piensa diferente, y eso hace que, sin tener en cuenta patologías añadidas como Trastornos del lenguaje o discapacidad intelectual, comunicarnos no sea tan simple para los autistas.
Este es uno de los motivos por el que se suele diagnosticar ansiedad social o generalizada. A mi me cuesta mucho hablar con otros, sobre todo en grupos de tres o más personas. Cuesta saber de quién es el turno y es habitual que cuando encuentras la forma de hablar ya se haya desviado la conversación. No es miedo a hacer el ridículo, es falta de predictivilidad, es saturación sensorial, es incomodidad. Si estoy cómodo puedo hablar durante horas, mis ya eliminados vídeos de YouTube lo reflejan, pero si no es así puede que ni hable. Pero lo escriba. Y mucho.
Como dije antes, las chicas son parte de lo que me encanta, no sabría decir por qué, son algo que sencillamente me atrae, me gusta, me fascina. Y sí, desde la adolescencia llevo pensando en castrarme porque sentir deseo sexual me incomoda, me hace sentir mal, me desvía de lo que quiero sentir y pensar, y sí, también me ha traído muchísimos problemas. Pero eso quizá se pueda abodrar en el texto específico que no creo que escriba. El caso es que el primer caso de mutismo que recuerdo es a los once años. Me gustaba una vecina que venía al parque cerca de casa, era una chica nada típica. Me han regañado en el pasado mucho por describir a las chicas que me gustaban así que no la describiré, pero suponed que no era el prototipo de chica de diez años. El caso es que me gustaba pero no podía hablar con ella. No digo mutismo en plan Rajesh Koothrappali, más bien es un problema en la iniciativa, no poder iniciar la conversación. Algo que ya me pasa en general, pero si hay la presión de la fascinación, pues más aún. Y eso pasó con ella, y con la que vino después, y la siguiente, y así sucesivamente. Y tener un blog público donde escribir todo eso que sientes no es la mejor manera de pasar la adolescencia. Y algunas chicas se lo tomaban bien, quizá hasta fueron mis novias. Una vez a los quince años me emborraché para poder hablar a una chica, pero ella vomitaba por los rincones así que la admiración se evaporó al instante, pero se me fue la lengua y al día siguiente mi blog recibió ese comentario doloroso de asco y desprecio. Y sí, Twitter era un lugar donde soltar sin saber que puedes caer. Así que una vez me declaré a una chica mencionándola en un tuit. Y no salió mal, pero esa historia ya sabéis donde iría escrita. Es decir, a través de la poesía e Internet a veces empezaba relaciones, aunque no tengo ni que decir que bien no terminaban. Por otro lado, mi adolescencia me sorprendió, pues un día se presentaron en casa mi amigo Jorge, junto a un compañero de fútbol y otro chaval, eran las fiestas y no sé por qué aparecieron, pero me sacaron de la habitación y salimos a ver los fuegos. Ahí empezó mi primer y único grupo de amigos. Poco después aparecieron dos amigas suyas, y por resumir, hablaba mucho por internet con una de ellas, compartíamos poemas, blablabla, y en presencial era muy agradable conmigo, "no entiendo cómo no tienes novia" me dijo una vez chateando una noche. Cuando descubrió que sentía algo por ella me dijo: "creo que estás confundiendo sentimientos". Y claro, sin saberlo, ella misma puede que hubiese respondido al motivo de mi soltería. Y sí, los autistas tenemos cierta alexitimia, dificultad para saber qué sentimos, pero yo nunca categoricé el cariño. Estaba a gusto con ella, era guapa, cariñosa, graciosa, y la convención social y las hormonas derivan en lo que desembocan. Desde entonces ya no era tan amable, ni cariñosa, ni agradable conmigo, puso distancia y dicen que es machista decirlo, pero sí: "friendzone" claramente delimitada.
Sobra decir, porque ya lo conté en otro texto, que yo iba a otro instituto, en el que no tenía amigos. Sin entender cómo, pasaba los recreos de tercero paseando con el grupo de amigos de mi compañero de pupitre, todo era normal o eso me parecía hasta que pasados los meses descubrí que uno de eso chavales se reía de mí. Me llamaban "lapa" o algo así porque se supone que me había añadido al grupo. ¿No es eso lo que surge espontáneamente? Podrían haberme dicho que no me querían y ya, en lugar de esperar meses burlándose hasta que me percaté. Hice un compañero ya en cuarto de ESO con el que compartía interés por la tecnología y me ayudó mucho a graduarme porque algunas asignaturas de cuarto de ciencias eran durillas, sí, hablo de química.
El caso es que hasta yo mismo mezclo historias porque al estar en un instituto y tener un grupo de amigos de otro, los acontecimientos de la mañana y de la tarde se emborronan. Pero resumiendo, la mañana solo en el insti era un infierno. Las tardes y findes con los amigos no estaban mal, al menos al principio. Pero he rescatado un pequeño fragmento para demostrar que, efectivamente, ya a los dieciséis años era claramente autista, tenía claramente un déficit en la comunicación social.

Salta a la vista que mis amigos veían de sobra esos rasgos. Mi dificultad para la comunicación, mis rarezas, mis stimmings... Como veis, Jorge, que había crecido a mi lado al ser amigas nuestras familias, me conocía bien, tanto que tras remarcar mi peculiar comunicación virtual, cuando la amiga pregunta, sabe que está el friki para dar respuesta.
Por cierto, en segundo de ESO, me gustaba una chica de clase, y hablábamos genial por internet pero en clase, la profe me sentó a su lado y... Sí, no hablábamos nada. Un día pegué un puñetazo a la pared porque un niño me hizo bullying y no supe gestionarlo de mejor manera y tras una clase de voleibol muy dolorosa acabé con la mano como un balón de playa, recuerdo a esa chica mirándome la mano sin decirnos nada.
También quiero resaltar el primer caso de autolesión. El primer día de clase de segundo de ESO, de mi otro segundo, pues repetí, la profesora de inglés pronunció un discursito en perfecto castellano que resumo: "Sé que tenéis muchas asignaturas... si tenéis que dejaros una para septiembre no pasa nada." Y literalmente me dejé inglés. No se me daba bien desde sexto, me libré de francés justo porque iba mal en inglés, y ella entraba por la puerta hablando un idioma que no entendía. Intentaba hacer las tareas pero no sabía, y desde su percepción era un niño pasota. Y que pasase la clase escribiendo poesía no tiene nada que ver. Es que no entendía nada. Y que no ayudara no lo resolvía. Así que me puso un 1 y me dijo que no me ponía un cero porque no podía. Yo le argumenté su discurso y me devolvió: "ya, pero es que te has dejado la mía". ¡Caramba! Era un discurso trampa. Menudo ego cargaba la docente que se la pasaba redactando partes porque, sinceramente, no creo que esté hecha para ser profesora. Total, que puse una publicación en Tuenti: "SUNOMBRE deja de mentir y reconoce que pasas de mí, no sé cómo serás en tu vida pero como profesora eres una mierda". Una chica con la que no acabé bien se chivó, yo vi cómo hablaba con la profe en clase, me miraban y pude inferir que estaban hablando de eso, pero en esa época no había smartphones, no podía borrarlo estando en clase, pensé en ponerme malo, pero no vi forma, así que pasado el recreo tuve que asumir mi destino cuando abrió la puerta, me llamó y me llevó a jefatura soltando un discursito pretencioso, luego me leyó mi texto y me dijo que me iba a expulsar. Se me cayó el mundo. Creo que ya conté que para mí esto fue devastador, porque no solo estaba repitiendo curso como esos que me hicieron bullying, ahora me iban a expulsar que es lo que hacen con la mala gente. Llegué a casa y me corté superficialmente las muñecas en el baño. Sigo vivo y ya sabéis que seguí adelante así que solo es una anécdota más del daño que hace no saber que eres autista e interpretar el mundo a tu manera sin que el resto lo entienda.
En resumen y tirando de memoria, que es imperfecta, esos son rasgos que he tenido toda mi vida, infancia y adolescencia. Sí, no soy autista desde los 29, lo he sido siempre.
Pero ya en la adultez puedo daros cinco ejemplos más para cerrar por hoy.
El primer día que llegué a Valencia me recibió mi jefe, solo un año mayor que yo. Me manifestó que llegué tímido porque tuvo que remarcar la conducta para que le diera la mano al encontrarnos. Y me sacaba las palabras a cuentagotas. No me asenté en el trabajo hasta varias semanas y me costaba mucho parar para comer, de hecho me tenían que coaccionar para ello y no formaba parte de las conversaciones salvo que me preguntasen. Y eso que era todo gente joven. No soy sociable, es mi ADN.
Con los años conseguí esquivar la hora de comer, de hecho no comía, pues también dejé de prepararme la comida por las mañanas. Solo salía a pasear para desconectar de la oficina y un día descubrí un kebab, así que entré y comí. Pero más tarde los compañeros quisieron venir y sin saberlo ni quererlo convertí un día a la semana en los días de Kebab. Lo más molesto era que en lugar de dividir la cuenta, cada día pagaba uno, y claro, eso me destroza la lógica porque si un día alguien pide algo distinto ya las cuentas no cuadran y las desigualdades no me van. Lo mismo me pasa yendo a bares o pidiendo en grupo cuando se empeñan en dividir la cuenta. Un día me enfadé porque yo solo pedí un plato barato y el resto más cosas y dijeron que eso es lo normal, que se divide entre todos. ¡Injusticia! Un día en Valencia, fuimos a un sitio elegante por el cumple de alguien, como supuse que iba a pagar esa persona no me pedí un postre que me apetecía, para no hacer gasto, al final resultó que dividimos la cuenta y me fastidió porque podría haber pedido ese postre al igual que el resto se pidió su café. Un día, fui a una cena de trabajo con un invitado que dicen que es un sibarita, no sé qué es eso, pero supongo que "persona que le gusta vivir bien por todo lo alto, de gustos caros", y él dijo algo que se me quedó para siempre, algo como: "Prefiero pagar yo y pedir lo que me apetezca que quedarme con las ganas". Me hubiese venido bien saberlo el día del postre. Por eso ahora prefiero que pague otro todo y yo le hago un bizum de mi parte. Hace dos semanas pedimos tres pizzas y una de ellas salía más barata, mi amigo dijo de dividir y yo le dije que no, que la mía era más cara y aunque solo fueran unos céntimos lo justo es lo justo. Autismo, gracias.
Tras más de dos años en Valencia, completamente independiente y condicionado, les revelé a mis compañeros que me sentía un actor, que solo estaba fingiendo, que no era feliz. Ellos no lo entendieron, decían que eso no podía ser, que estaba feliz y solo veían su perspectiva. Pero su subconsciente lo dejó claro cuando pasé de ser el empleado del año en 2023 al premio al más gruñón o algo así en 2024. Tenía mis razones y para nada estoy de acuerdo con eso. Pero no volví tras mi enfermedad así que es pasado.
No llevaba ni tres meses en Valencia y teníamos que salir al aeropuerto a un evento en Mijas, por lo que fuera, esa mañana un compañero ocupó mi silla y yo no dejé mi abrigo en ella como era rutinario, sino en el perchero. Como esa mañana fue un caos el resultado fue que llegamos al aeropuerto y se me olvidó la chaqueta, con la cartera. Parece un olvido neurotípico pero la clave estaba en que ese día la visita de ese compañero alteró mi rutina. Autismo o no. Lo curioso es que me tuvieron que llevar la chaqueta a toda prisa antes del vuelo. Años más tarde, el jefe de mi jefe contó que una vez despidió a un empleado recién contratado porque se olvidó el pasaporte, con vuelos y todo reservado. Si os soy sincero, ahora, a todo pasado, que no toro, quizá me hubiese venido bien que ese olvido me hubiese traído de vuelta anticipada a Madrid. No lo sé.
Por último lo más reciente. En el cumpleaños de mi hermana una conocida llegó y me dio dos besos. Os parecerá natural, pero es una persona que me ha pinchado en el culo como enfermera y ese día no me dio besos, que veo muchas veces en el parque con la familia y no nos damos dos besos. Pero ese día tocaba saludarse. Uno puede inferir que es un acuerdo social que tienen programado los no autistas. Pero no es una norma escrita y clara. ¿Qué es un evento especial para saludarse? Está claro que lo es el cumpleaños, puede que cuando llevas mucho tiempo sin ver a la persona, pero hay todo un misterio acerca de los saludos y presentaciones. Y os confieso que el mundo sería más seguro con más autismo. Es decir, si la norma estúpida social te hace besar a alguien que te acaban de presentar, muy higiénico no es. No sabes nada de esa persona, igual tiene herpes, virus, qué se yo. Y vas y acercas tu cara a la suya. No se entiende. De hecho, mi amiga Bè del chat, me llamaba raro porque ella siempre saludaba con dos besos, siempre, cada vez, y les dijo a mis amigos "es que Iván solo pone la cara". Y claro, yo puedo entender que en los dos besos, primero uno bese la mejilla del otro, y luego viceversa, pero hay gente que besa de frente con los labios ladeados como si fuese capaz de besar y ser besado al mismo tiempo, ¿me explico? No entiendo eso. Así que desde la adolescencia asumí que si me quieren besar pues les cedo la mejilla mirando para otro lado, pero mejor que no.
Y me dejaré mucha vida por descifrar, pero básicamente se puede observar que sí, siempre fui autista aunque el desconocimiento del autismo solo me hiciese parecer raro, o, como yo me describía "torpe social", pero que a nadie le valía como excusa. De hecho, vuelvo a remarcar que siempre he estado aislado en mi habitación. Salvo con mi madre, el resto del tiempo lo pasaba solo. Hasta recuerdo unas navidades, serían entre 2012 y 2015, que yo me pasé la tarde noche en la habitación viendo la serie "Silicon Valley" hasta que mi madre me llamó para cenar, luego volví hasta que me llamó para las uvas, y luego volví hasta que me dormí. Eran los demás los que se empeñaban en sacarme de ahí. Hoy tampoco salgo de mi habitación, no tengo porqué ni tolero el calor, el frío, el sol intenso de verano, el humo del tabaco, el polen de la primavera. Me encantaría salir a pasear bajo altos árboles verdes como los del Camino de Santiago, pero esto es Madrid, solo hay asfalto y ruido. Así que sí, no soy un autista claramente necesitado de adaptación, por eso pasé treinta años desapercibido sobreviviendo a encuentros sociales que no acababan bien. No me gusta salir mucho, no quedo casi con mis poquísimos pero suficientes amigos, estoy cómodo así. En mi soledad. Y no pasa nada. Está bien. Se habla mucho de rehabilitación con autistas e integración social, pero nadie les cuenta que adaptarnos no es gratis, que conlleva desgaste emocional y físico, que es como pedir a un cojo que ande a ritmo de alguien que no está cojo. Lo hace, pero cansa y agradable no será.
Con esto quiero decir que yo me adapté, que no rehabilité, que suena feísimo, a golpes. Que sobreviví adoptando conductas que ni entendía ni me hacían bien. Que tuve que enmascararme para encajar cuando ni pedí encajar. Y que sufrí y mucho por cosas que se hubiesen resuelto con tan solo más información sobre autismo y un descubrimiento, que no diagnóstico, a tiempo. Tengo un largo historial de disputas, sobre todo con féminas, sobre todo por ese monotropismo, ese déficit social, esa comunicación diferente. Pero no soy culpable de ello, no lo hacía con malicia, ni intención de dolo. Es un accidente, mi vida social está llena de ellos. Y ojalá poder retroceder y no estrellarme una y otra vez. Ojalá más autistas en el mundo, de verdad lo digo. Pero al menos ahora, a mis treinta, puedo pedir perdón y perdonarme por todos los errores, por todas las sombras y las cicatrices. Eso no cambiará el pasado, pero me permiten mirar adelante sin cargar con un pesado que poco a poco empieza a dejar de pesar tanto, aunque siempre quedará algo de lastre de todos esos treinta años a contracorriente.
Y hasta aquí mi pequeño repaso vital breve con la perspectiva actual de mi autismo.


