Las frases están bien para las tazas, pero el "sé positivo" no va conmigo, ni siquiera genéticamente donde al parecer todo es así, negativo. ¿Cómo se puede estar tan roto y no ver la rotura? Puede que las pruebas de laboratorio no resuelvan porque los patólogos han mirado en lugares equivocados, o se han pasado cosas de largo. Sin embargo, yo sigo pasando los días sin poder avanzar. Y me importa una mierda mi patología. Me la suda el nombre o la causa. Yo convivo con los síntomas, y esos están más claros que un manantial. Supongo que la titulitis se arrastra a todas partes. Incluso en las evaluaciones y peritajes.
Puedo bordar todas las pruebas neuropsicométricas. El MoCA, los TMT, el BNT, exigirle a mi memoria al máximo... Pero la pregunta más difícil no la vi venir: "¿Y qué tal el estado de ánimo?". No mentí al médico, pero suavicé mi respuesta. Como siempre, jugué con las palabras para sortear una situación incómoda. Tampoco perdí el tiempo jugando a la defensiva devolviendo preguntas en plan ¿cómo estarías tú tras enfermar, morir tu madre, perder el trabajo, perder la prestación económica?" Así que no mentí cuando dije que siempre me describo como con infelicidad crónica, estado basal deprimido. Tampoco mentí en la pregunta de la red de apoyo social. Quedo siempre que se puede, aunque sí que oculté que a veces no tengo ni ganas de que se pueda.
Nunca se me ha dado bien jugar en equipo, ni los trabajos grupales. Me gusta las cosas a mi manera, y no me gusta que la gente decida por mí aunque he tenido que aprender a tolerarlo a costa de mi salud. Por eso probablemente abandone a mi psicóloga en la consulta de noviembre, porque se empeña en cambiarme en lugar de en entenderme. Remarca cosas que ya sé y no me hace sentir mejor al terminar. No es lo que necesito. No es que quiera llevar razón, se aprende de discusiones, de diversas perspectivas, de confrontación de opiniones, pero cincuenta minutos cada tres meses no dan para avanzar, solo recuerdan la quietud.
Hoy quería ir solo al mercado, porque prefiero jugármela con mi audición que con los autoritarismos ajenos. Hoy no estaba el puesto que me gusta en el mercado, y de haber ido solo habría vuelto de vacío. Pero alguien pensó que un puesto barato era una opción. Así que he lavado la sandía antes de meterla en el refrigerador porque la señora no tenía guantes, y al margen de prejuicios inconscientes, no tenía la mejor de las apariencias, ni ella ni la sandía. Pero qué más da. No moriré por comerme esa sandía. Sandía que he tenido que arrastrar en un carro que odio, así como odio las maletas o las mochilas infantiles de ruedas. Porque también prefiero jugarme la espalda que torcérmela y ocupar una mano tirando de algo que podría cargar sobre mis hombros. Tortugas, canguros, caracoles... qué natural es cargar la carga. Pero lo peor es que no había naranjas, y como unas cuatro al día. Así que he tenido que pasar por el supermercado con el nombre más hipócrita de todos: Ahorramás. Para traerme una bolsa preconcebida de más de 4€ que no me dará ni para tres días, cuando por ese dinero en el puesto que no estaba hoy del mercado tengo para una semana.
La gente es dada a criticar lo que como. Para mi es un balance complicado. Que me guste, que me apetezca, que sea sano, que sea nutritivo, que no engorde de más y, más complicado, que pueda pagar. Desde que murió mi madre no iba al mercado por mi sordera, me cuesta mucho saber cuándo me toca e interactuar con los tenderos porque no les entiendo, pero descubrí que es un lugar barato, y aunque solo compro ciertas cosas, como sandía, melón, plátanos y naranjas. Es un ahorro importante, y hoy no pudo ser. Los tomates, manzanas, pepinos y peras tengo la necesidad de tocarlos, de elegirlos personalmente. Me importa mucho el tamaño, la forma, la consistencia, el color... En el mercado sería imposible evaluarlos, elegirlos... Por eso aquí no primo el precio si no la paz mental. Es complicado alimentarse con semejante restricción cognitiva, y mucho más cuando hay limitación económica. Mantener la dieta es fácil así. Hoy casi me la salto pensando en comprar pan, pero no se puede llamar obrador y hacer pan que parece atrezzo. Había oferta de Oreos, pero esa es demasiada grasa nada saludable y encima hiperpalatable para que no dejes de comer, así que mi corteza prefrontal no sucumbió. También pensé en gusanitos alipende, pero llegué al mismo razonamiento. Mi rigidez cognitiva es útil para mantener la fuerza de voluntad. Y como ahora tengo que racionar las naranjas pero tengo hambre me distraigo escribiendo esta mierda. No tengo TCA, ni gordofobia, por mi como si la gente se pone como cetáceos y misticetos. Pero mientras la gente se relame con la carta de un asador, vips, foster... yo prefiero que aparezcan en el espejo sobre un vientre que parezca un chocolate recién abierto, no abandonado al sol.
Así que pese a que mi vida me importe más bien poco, ya que he de sufrirla que sea a mi manera, mientras me dejen.
La única autoridad que respetaba era la de mi madre, por eso no la culpo por esperar a que me fuese para morirse, pese a que quería morir con ella, o que ella muriese conmigo, junto a mí, más bien. Pero me hizo marcharme y me jode, me jode muchísimo, me tortura no haber estado en su último suspiro. Ya la vi apagarse días antes, estaba preparado para ello. Pasé todo el día 15 con ella porque me parecía una fecha bonita para despedirla, y la tozuda miraba el calendario de la pared una y otra vez, y aguantó al 16, supongo que para no coincidir con ningún cumpleaños. Pero murió sin que la sostuviese la mano, sin que la viera terminar. Y lloro porque quería estar, necesitaba estar, y no me perdono haberme ido. Ni ese día ni a Valencia. Quizá si me hubiese quedado en Madrid ninguno de los dos hubiese enfermado. Si hubiese ahorrado quizá podría haberse venido conmigo, quizá sus pulmones hubiesen podido repararse en ese aire limpio. Nos podríamos haber salvado. Eso hacen madre e hijo. Pero yo huí para salvarme de un monstruo y la dejé con el suyo. Y perdí tres años de estar con ella. Y ahora tengo que seguir sin ella. Seguir sin tantas cosas... que de no ser por su nieta no estaría escribiendo esto. Las tres deberíamos estar en casa haciendo postres juntas, o jugando al parchís, o yendo a la compra, o durmiendo en el sofá como hicimos esos siete últimos meses. Me falta una parte esencial en mi vida. Así que es muy difícil responder a una pregunta tan simple como describir mi estado de ánimo. En medicina estar vivo significa que te late el corazón y hay actividad cerebral, cualquiera de esas ausencias es muerte. La vida sin embargo es mucho más que un correcto flujo sanguíneo y la ritmicidad neuronal. Así que no, yo no estoy vivo. Dejé de estarlo hace mucho tiempo. Soy solo un conjunto de tejidos enfermos que aparenta cierta normalidad. Cambié un masking por otro. Ya no tengo que fingir que no soy autista, tengo que parecer que no estoy muerto.
Pero si todas mis pruebas escriben: NEGATIVO. Será por algo. Y me jode, porque negativos son los electrones y son esclavos de su carga; giran, saltan, migran, no deciden nada. Me quiero más como un fotón. Sin masa, sin carga, libre. Pero solo porque no existen los antifotones.