Sí, he vuelto. Y no me refiero sólo a escribir en este rinconcito. He vuelto en mi. Ese yo perdido desde hace tanto que más que volver me he reconstruido. Tengo mucho que contar, así que no sé cuánto me llevará, pero te aviso, ponte cómoda.
Me perdí porque me construí para encajar con el resto. Y eso lo hice porque no se me diagnosticó autismo a tiempo, sino un trastorno que no encajaba con lo que me sucedía.
Mi historia de 30 años es bastante larga, así que la resumiré en que me crió mi madre en casa, en infantil tenía problemas para socializar y comer, escondiendo el almuerzo que no me gustaba bajo la arena y yo mismo huyendo de la multitud del patio. Eso se extendió a la primaria, donde deseaba que lloviese para quedarme en clase jugando al Conecta4 y evitar así el caos de un patio inmenso y abrumador y, a su vez, tremendamente solitario. Sufrí bullying o, como peor suena, acoso escolar; y sí, el equipo directivo y docente no hizo absolutamente nada porque "son cosas de niños". El salto al instituto no fue mejor. Ya en primer curso perdí varias semanas porque me dieron unas migrañas horribles ¿quizá fue un shutdown extremo? Y sí, mi rendimiento académico no era gran cosa. Si el colegio me parecía un lugar hostil ya te puedes imaginar que el instituto era para mí una cárcel, y no en el módulo premium precisamente. Neonazis, latinkings, malvados descatalogados... Sí, no era un centro escolar, era un centro penitenciario como el de "Vis a Vis" u "Orange is the new black". Y cuando uno está tan preocupado por su integridad física, concentrarse en memorizar un montón de cosas ajenas a la supervivencia es tarea ardua. Así que repetí segundo curso. Me arrepiento. Porque pensé en suicidarme por primera vez. Y te cuento la razón brevemente. En el cole empezó el acoso cuando un repetidor de segundo apareció para hacerse su grupito y creerse mejores. Supongo que ese chaval que había perdido su clase necesitaba un impulso histriónico para sentirse mejor. Y ese es el patrón que apliqué a todos los que me parecían desechos sociales y que compartían haber repetido curso. Así que no podía convertirme en uno de esos seres. Pero tampoco quitarme la oportunidad de ser quien quería ser. Así que aunque tuve que sobrevivir a ese repetitivo segundo curso, y no fue fácil, y sentí lo que era perder a tus compañeros, me permitió ponerme al día con los estudios gracias a unos profesores que entendieron una cosa, a mí.
Tercer y cuarto curso fueron mejorando. El edificio era otro y pude dejar atrás esa selva. Encontré profesores maravillosos que hicieron huella, para bien. Y descubrí que podría ser lo que quisiera. Me sentía libre por primera vez. Aunque seguía con mi torpeza social y mi incapacidad para hablar con chicas que me gustaban, lo que hizo que mi primer blog de poesía se llenara de versos que acababan por desembocar burlas y comentarios hirientes. Acabé secundaria gracias a los profesores y un compañero y huí a la FP porque necesitaba algo que se me diera bien y los conceptos abstractos de bachillerato no eran el caso. Por lo pasé dos años estudiando informática y todo encajaba, todo brillaba, todo funcionaba por primera vez. Y como no había chicas en clase no tenía distracciones. Lograr una media de 7 sin estudiar es posible si el entorno lo facilita. Y por eso llegó el gran error. Aunque comprendí que lo que me gustaba era el hardware y me matriculé en el GS de electrónica en Alcalá, ese instituto me obligaba a madrugar, coger un tren, y navegar por pasillos inmensos llenos de gente. Un instituto que compartían secundaria y formación profesional. Un caos que en solo dos visitas me reventó las amígdalas y el miedo me hizo encerrarme en lo conocido y cursar estudiar programación en el insti donde me fue genial antes. Pero no lo fue después. La programación requiere de habilidades que no tenía. Y entonces vinieron los problemas cardíacos y la ansiedad social.
Un joven de 18 años que acudió al centro de salud mental con un diagnóstico simplificado basado en los síntomas y no en las causas que los producen. Así es como se me practicó terapia cognitivo-conductual para reprogramar mis pensamientos y evitar la evitación. Exponiéndome a situaciones que me producen ansiedad y engañando a mis supuestamente erróneos pensamientos para que los afronte. El resultado es que a mis 30 años sigo igual. Y peor. Porque esa terapia fue el inicio del enmascaramiento. Ahí me perdí del todo. Construí un Iván acorde a lo que la sociedad esperaba que fuera, una identidad fragmentada, confusa y autodestructiva. No puedo culpar a otros por mis actos acontecidos en ese etapa. Me equivoqué y mucho. Y aunque desde fuera puede parecer que llegar a graduarse en la universidad es un logro que demuestra capacidad funcional y cognitiva elevada, no lo es. Porque durante mi nuevo grado superior seguí relacionándome disfuncionalmente, y sin llegar a formar amistades sólidas, con muchos problemas sociales y comunicativos y la misma estrategia interna de usar la palabra escrita como expresividad emocional controlada. Y la universidad fue una aventura online y solitaria que ni siquiera recuerdo por eso mismo. No tenía profesores ni compañeros, solo una interfaz donde subía los trabajas y recibía las notas. Y mientras tanto un trabajo cómodo pero muy social en un centro de atención al usuario que acabó contribuyendo a mi explosión mental. Entonces tenía una relación tóxica con una chica que se coló por mis grietas y adentró tanto que no conseguí sacarla, ni salir. Hasta que me rompí tanto que huí, de mí y de todo. Y eso me llevó a Valencia y a un trabajo que terminaría por romperme. Un empleo donde ya no se socializaba al teléfono, sino en persona, en congresos, en eventos. Me obligó a ponerme un disfraz y mientras los demás creían ver mi piel, yo me deshacía en la cama los fines de semana. No es de extrañar que tras todo eso, apareciera la pluripatología con la que convivo hoy.
Y así, con mucho resumen. Muchísimo. Llegamos a ese 2024 de vuelta a casa, con la audición mermada, la visión afectada y una madre moribunda. Ese año aprendí que mi madre lo era todo para mí. Volví a cogerla de la mano, abrazarla y hasta dormir con ella. Era calma. Refugio. Y sobre todo, era mi comunicación social. Mi mediadora. Y cuando murió me percaté de cuánto la necesité toda la vida que incluso en Valencia hablaba todos los días varias veces con ella. Era la única con la que no podía dejar de hablar. No me costó abandonar nada más. Pero ella era el sostén que hacía que todo pudiera seguir, que yo pudiera seguir allá donde estuviese y pasase lo que pasase. Y pasó que murió y todo se vino abajo. E intenté que volviera trayendo escenarios pasados, pero solo llamé a demonios que no podían traer ángeles y 2025 terminó rompiéndome. Y con ello se rompió también la máscara, el disfraz, y la programación incompatible que se me había estado inyectando.
En diciembre de 2025 me percaté de que algo no cuadraba, y nadie más lo entendía al haber conocido mi identidad enmascarada por lo que tuve que recurrir a profesionales del espionaje cognitivo para revelar mi verdadero código fuente. Y tres meses después recibí mi diagnóstico de autismo. El verdadero trastorno que lo estaba causando todo. No era trastorno de ansiedad social, no era trastorno ansioso-depresivo, no era trastorno de personalidad B. Era un desarrollo neurológico alternativo que requería otra manera de procesar el mundo. Y entonces me fui de vuestra proyección de mi, para empezar a volver a mi yo verdadero. El cual llevo conociendo desde entonces.
Me presento. Me llaman Iván de la Torre, nací un nevado viernes 15 de diciembre de 1995 y soy autista desde antes de salir de mi madre. No notaste nada porque también tengo una inteligencia verbal alta, que me permitió gestionar el mundo típico a través de las palabras, como mis blogs, o los chats. Siempre dije que era torpe social y la gente se enfadaba porque no le parecía una justificación. Lamento si no les parecía razón suficiente, mi sistema nervioso es diferente y no procesa el mundo humano y social igual. Así que sí, era torpe y sigo siendo torpe socialmente porque mi neurobiología es distinta. Así de simple. Soy capaz de sacar un notable en un examen para el que solo he estudiado un día pero incapaz de entender convenciones sociales por lo mismo que podía entender redes informáticas pero no programación orientada a objetos. Y pasé desde la adolescencia a la sordera con música atravesando mis oídos no porque me gustase, que también y añoro, sino porque esa fue una medida inconsciente de aislarme del ruido que, ahora que no puedo hundir bajo música, me agota. Escribo y hago fotos porque es mi manera de comunicarme; y aunque puedo hablar, y suelo hacerlo mucho si estoy cómodo, ciertas cosas más personales o emocionales soy incapaz de comunicarlas de otra manera que no sea a través de un canal artístico o un medio tecnológico y usando retórica, humor o envolviéndolo todo en artificios lingüísticos. No me gusta que me regalen cosas, ni pedir favores, ni recibir nada de otros porque como le ocurre a Sheldon Cooper me siento en deuda y es cognitivamente molesto. Tampoco soporto las luces directas sin tamizar y por eso toda mi vida estuve a oscuras en mi habitación y sigo así. Por eso mi iluminación es suave aunque sea en clave baja. Y me encanta la luz natural como iluminación de espacios porque odio la iluminación que no es led rebotados. Por suerte ya no quedan fluorescentes verdosos y titilantes. Odio el calor, la humedad y los bichos que podría ser extendido hasta cualquier ser vivo con excepciones. Y comprendí por qué dormía con dos o tres almohadas y ahora sigo durmiendo con edredón: necesito el peso y la presión blandita para regularme y dormir. Odio el olor a café, cerveza, verdura y muchos otros, pero me gustan el de la gasolina, el pan y la naranja. No tengo tiempo para contarte quién es el verdadero autor de este texto ni recordaría todos los matices que componen mi identidad ni conozco tantas palabras como para poder explicarlo con el detalle que merece darse a conocer tras treinta años oculto en las narrativas ajenas. Pero te contaré qué he estado haciendo estos meses para que entiendas un poco más.
Nunca he tenido TCA (Trastorno de Conducta Alimentaria), pero ya de niño tenía problemas alimentarios y de adolescente cierta preocupación por la imagen. Tras estos años de derrumbe me puse en un estado físico visual que no consideraba acorde a mi yo real. Así que le puse remedio desde mi inteligencia, ya que no podía hacerlo de otro modo. Dejé de comer hidratos y ultraprocesados, sí, dejé de comer el pan que había sido mi alimento principal cinco años atrás, y lo remarco por lo que contaré después. Dejé también las pipas, y cualquier otro alimento que no fuese todo lo limpio que consideraba. Y desde marzo me alimento de legumbres como lentejas y garbanzos, frutas no tan diversas como creerías: Plátanos que son más bien bananas grandes, pera conferencia ¡Sí, solo puede ser esa pera! Manzana golden ¡Sí, solo puede ser la amarilla! Sandía, melón y naranjas. Dejé las uvas precisamente porque llevan demasiado azúcar para el resto de su aporte nutricional. Y complemento la proteína con Bocaditos de Heüra estilo mediterráneo (sí, los aderezados, y solo esos). Con esa dieta meticulosamente calculada para ingerir proteína vegetal, vitaminas esenciales y nutrientes naturales he logrado mantener la salud reduciendo la grasa visceral a más de la mitad y la grasa y peso total más de diez kilos. Obviamente no hubiese sido posible sin acompañarlo con actividad física. Tuve que dejar de pasar el día sentado y activarme lo poco que me deja el cuerpo con una rutina que empezó siendo de levantamientos de rodilla para potenciar los muslos, ya que me costaba subir al segundo piso o subir una cuesta ligera, y actualmente se centra en tablones para fortalecer el abdomen y verme a gusto. Sí, también tengo unos glúteos más planos que un cuaderno y unos brazos como palillos. Y por eso el siguiente paso es incorporar ejercicios de fuerza como flexiones y sentadillas. Paso a paso y con propósito y control.
Como has podido comprobar, lo de apegarme a cosas no va conmigo. Si se tiene que ir, se va. Aunque me encante el olor y esa harina en las manos de un pan recién horneado de panadería. Si la consecuencia es un michelín incómodo, fuera.
Remarco, ya que es importante, que todas las decisiones son razonadas desde la información científica. Y que sean decisiones drásticas y extremas es debido a las circunstancias, no la norma. Al final lo entenderás mejor.
Ahora te diré el otro gran adiós que hice y que de hecho, deberías hacer. No trataré de convencerte de hacer dieta y ejercicio, allá tú y tus células mientras tu salud te lo permita. Pero esto, esto sí que deberías al menos probarlo. Tus neuronas te lo agradecerán.
¡Dejé las redes sociales! Si, eso que parece que está en todas partes como un tumor con metástasis. La metáfora es adrede. Acabé por darme cuenta del malestar que generan y, en caso menos malo, lo poco que aportan. Acababa en ellas por aburrimiento, por automatismo. Entraba sin ningún motivo y pasaba horas navegando sin percatarme. Y después, o me sentía mal por el tiempo perdido o comprendía que no me había aportado nada. Ni siquiera los post divulgativos. Es absurdo que una red social no solo no me muestre las cosas de la gente que sigo sino que me bombardé con anuncios de cosas que no necesito y que en alguna ocasión he llegado a plantear comprar. ¡Es de locos! O enseña vidas idílicas que no tendré jamás generando el malestar de pensar que no estoy haciendo suficiente. De verdad que son el puto cáncer. Se hacen pasar por células cotidianas y corrompen todo a su paso. Y si encima tienes problemas comunicativos, aunque eliminan la barrea personal y te facilitan el contacto, la cosa no termina bien porque uno sigue sin las habilidades neurotípicas dominantes. ¡Todo mal! Así que cerré mi cuenta de Instagram, que era la única que quedaba tras dejar Tuenti, Twitter, Facebook hace muchos años. Creo firmemente que las redes sociales son el peor invento que ha creado la humanidad en el último siglo. Equiparable a la bomba atómica. Porque bien usadas son muy buenas, pero por desgracia su uso es destructivo a más no poder. Me quedo con la energía eólica de un paseo con una amiga en un atardecer de otoño, o la energía solar de una tarde jugando con mi sobrina, o la energía hidráulica de... Espero que pilles la metáfora.
El resultado de todo ello es que tengo el cuerpo más cercano al que quería y la mente más liberada y centrada para, por ejemplo, procesar la información de mis asignaturas de Psicología y superar aún más las calificaciones pasadas llegando al sobresaliente a tan solo unas décimas de la excelencia. Me reservo para el futuro decirte lo que producen esas adicciones en tu cerebro y su circuito dopaminérgico. Pero como estudiante de neurociencia y psicología disiento respecto a que las adicciones no son falta de voluntad, lo son, al menos al principio. Aunque quizá la misma neurodivergencia que me hace autista también me proteja de las adicciones. Pero ya he dejado de mirar el móvil cuando me siento solo para sentirme más solo aún. Si quiero hacer algo con mi tiempo leo un libro y al menos así acabo sintiéndome el agricultor de mi propio cerebro.
Ha sido un cambio radical porque necesitaba serlo. No se pude limpiar a fondo sin retirar los muebles. Y obviamente ha habido excepciones: alguna pizza vegana cayó con la familia, unos macarrones con mi sobrina, un poke vegetal con un amigo. Pero la constante se mantenía clara y firme ante un propósito. Y aún así, un día que me apetecía pizza pero no quería pagar el precio, pensé, valoré opciones, y acabé comprando esa barra de pan de panadería para hacerme un bocadillo de Heüra, no era exactamente la pizza Varbacoa Heüra que se me antojó, pero tenía pan de mejor calidad, más proteína vegetal y por menos dinero, y suficiente para darle a mi hipotálamo lo que quería sin desviarme demasiado del propósito ni perjudicar de más la economía.
Y por eso jamás trabajaré con adicciones. Porque no puedo entender que un alcohólico beba, que un fumador fume, o que otro cualquiera se hinche a drogas. Si yo dejo de comer, y eso que es comida que "no hace daño", no proceso que alguien se exponga repetida e incesantemente a algo que le daña. Y el problema no está en la reconfiguración neuronal que sufre el cerebro durante la adicción y que explica la enfermedad. El problema es una sociedad que normaliza el beber y fumar, el desconectarse con drogas, pantallas o lo que se inventen los que comercian con ello. Claro que es falta de voluntad. La misma que la de la gente que se esconde tras otra o te pide que la retoques en la foto porque no se acepta como es, pero no hace nada para cambiarlo. Y desde la psicología puedo entender los excesos, pero no la excusa. Y desde la neurociencia puedo entender la entropía, pero no la norma. Ya hablaré más de ello si me apetece tocarte los neurotransmisores.
Si hubiese sabido que soy autista antes, me hubiese ahorrado tanto sufrimiento, tanto mal, y se lo hubiese ahorrado a las demás.
El autismo no es un trastorno, el trastorno es serlo sin saberlo y que se te obligue a ir en contra de tu biología para encajar en la proyección de los demás. Ya te matizaré sobre el autismo en el futuro. Obviamente no todos los autistas somos iguales, pero ¿a caso todos los neurotípicos lo son? ¿A caso no hay neurotípicos con trastornos del lenguaje, o de conducta, o simplemente diferentes? Uno de mis propósitos es investigar sobre neurodivergencias para seguir quitándole los disfraces y las máscaras a las cosas. Sí, parece que me gusta quitar cosas. Pero aunque odio los regalos, me gusta darlos. Y si puedo soy capaz de comprarle a mi sobrina un montón de cuentos para su cumpleaños; si me esfuerzo un poco quizá pueda ofreceros a todas una salida de esa cárcel mental en la que vivís. Que la aceptéis o no es cosa vuestra.
Pero no olvides que aunque parezca más fácil seguir en matrix, la verdadera vida empieza cuando dejas de ser esclavo de los demás, o, al menos, te percatas de ello.