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2025 08 23

Llevo tanto tiempo encerrado conmigo mismo que la única solución posible era perderme. Quizá me equivoqué en la manera. Supongo que escribirme afilados versos en la piel era la forma de recordarme que nunca he sido, quizás ni seré, un poeta. Que solo y solo vomitaba sentimientos en un teclado esperando que la suerte, el azar o el insomnio les diese el empaque necesario como para vestir de oro el oxidado resultado de una vida ahogada en su mediocridad.

Me fui perdiendo en cuanto desapareció mi capacidad para apretar el "enter", y supongo que lo natural fue que después no hiciese falta ni el "delete", pues si bien escribía basura, a veces con toques ligeros, sutiles, anecdóticos, de brillantez, seguía siendo el reciclado resultado de un Síndrome de Diógenes incapaz de ver cómo todo se le venía encima, o abajo.

Me perdí tantas y tantas veces. Perdí tanto y tanto tiempo. Perdí tanto, que es (casi, sino) todo.

Podría buscar culpables, pero acabaría topándome conmigo mismo, así que me ahorro la búsqueda.

Y aquí estoy ahora, sordo, neuropático, distímico, solo, huérfano. Sin ánimo de absolutamente nada más que ocupar mi tiempo con unos estudios sin mayor finalidad que esa misma, ocupar espacio en el enrevesado conectoma de mi cerebro dañado. Y es que, lejos de la ardua tarea del estudiante, no me veo ya en ninguna otra. No me oigo en ocupación ajena, ni propia. No me siento más que incapaz, contra toda resolución, de ejercer profesión alguna. Soy una estafa. Un informático con amnesia retrógrada desde que la manzana hambrienta le despojó de pantallazos azules. Un comunicador incomunicado. Un técnico de iluminación que nunca iluminó más que el erróneo camino hacia el éxito del temprano y fatal fracaso. Un estudiante de psicología apresurado que llegará tarde, pero persiste porque la nostalgia es más poderosa que la realidad. Ese soy, el cruel presente que observa el congelado pasado caminando de espaldas para no tener que mirar el precipicio de vida que le queda tras el derrumbe.

Perdido entre tanto manual técnico que ya no sé cómo se escriben las lágrimas, ni cómo se lloran los versos que uno siente tan dentro que ha de rebuscarse los diccionarios para hallar en el blanco de los huesos la palabra exacta que suelde esa fisura emocional fracturada por el silencio de los que tragan lo que no saben achicar a tiempo antes del hundimiento de su gran carguero emocional amotinado por la dictadura social de la sonrisa falsa.

He leído tantos libros de fotografía para ser un fotógrafo mediocre que temo que por mucha poesía que ahora lea ya solo labraré, tarde, un desierto de versos podridos, mustios e insípidos que no interese ni a la suerte menos analfabeta de moscas digitales, eso si tan siquiera brota algo en esta inerte tierra que queda tras años de abandono, incendios, sequía y deforestación. En este lodo que es el fango donde me revuelco en la cochina desesperanza.

Pero nostálgico de mi, ignorando la verdad, la historia, la razón y la lógica, tal vez, recuperando un poco de poesía pueda rescatar del fondo del océano de la cognición un poco de aquel sentimental y libre muchacho que no temía emborracharse de amor y vomitar todo lo que nunca declaró.

Porque lo peor que le pasó a mi poesía fue una poeta. Llámese fulana, llámese fotografía, llámese adultez. Llámese vida.

Porque el navío de la docencia puede haberse sumergido en las aguas del ruidoso océano de la neuropatía, pero ¿qué hay en ese oscuro hábitat de las profundidades?

Poesía
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