No quiero que te mates

2025 08 31

Esa fue la frase que mas repitió la psiquiatra junto con la pregunta: "¿Y yo en qué puedo ayudarte?". "No puedes", respondí tantas y tantas veces. 

Los médicos tratan con la muerte casi a diario y su trabajo es resistirse a aceptarla. A veces emplean técnicas casi de tortura para evitarla, y en algunos casos llegará tarde o temprano.

Tras responder a sus preguntas extensas y generales, sobre mi mal sueño, mi mal digestión, mi mal estado anímico, mi falta de energía constante... Tras responder a lo que me dedicaba, lo que hago, mis aficiones...

"Creo que te vendría genial tener una rutina". "Lo sé", respondí. Te acabo de contar que cuando la tengo, con la universidad, no me siento tan mal. Ya sé que las rutinas ayudan mucho, pero sin la universidad, que no podré pagar, no tengo nada. 

"¿Y has pensado en un voluntariado?", me dice ella. "No puedo, no me entero de nada, no es lo que necesito", respondo. "¿Y un trabajo?", me pregunta. "No puedo, no me siento bien para trabajar, y eso que he valorado puestos de limpieza porque no tengo prejuicios contra nada, pero no puedo, está en manos del INSS y parece que no quiere ser justo y reconocerme lo que merezco", respondo. "Que no es por cobrar la pensión, siempre me ha molestado aquellos que viven del cuento, pero mi vida así no es fácil, nada fácil, y quiero que se me reconozca", continúo. 

Insiste en que busque una rutina, le insisto que ahora sin la universidad la rutina no existe. Insiste en que sea yo quien la busque. Expongo que nunca acabo nada de lo que empiezo por mi mismo si no me siento "comprometido". Que empecé un proyecto y a los cuatro días lo abandoné porque no le vi sentido a tanto esfuerzo. 

No tengo casa, ni coche, ni carné, ni independencia, ni ahorros. Siempre me moví por la felicidad y nunca por el dinero y ahora sin dinero no puedo hacer nada. Se empeña en argumentar que la vida es así, que trabajamos por dinero para obtener cosas. "Pero yo ahora no puedo trabajar", respondo. "Y me gusta sentirme realizado, pero no puedo, no puedo." Pero insiste en que seguro que hay algo que pueda hacer. 

No le vale mi respuesta. (Vuelta al título) 

Tras una extensa conversación a ninguna parte...

"Y entonces, ¿cuándo tu sobrina tenga 18 años...?", pregunta.

"¿De verdad quieres que te responda?", irónico. 

(vuelta al título) 

La consulta es un bucle de argumentos y contraargumentos. 

"¿Vas a ir a ver a la psicóloga?", pregunta. 

"Siempre me comprometo con mis citas", respondo. 

"Me gusta que te comprometas con tus citas", responde. 

Nunca he salido de una consulta de salud mental mejor de lo que entré, nunca. 

Y es peor cuando además salgo frustrado, como ese día. 

"A veces somos nosotros los que tenemos que adaptarnos", me dice. Como si yo no me hubiese adaptado toda mi vida. Sobreviviendo al bullying, a la fobia social en plena adolescencia, al instituto... En todos los trabajos que he desempañado siempre he mostrado una adaptación absoluta. El chico comodín. El solucionador de problemas. Si había que aprender a hacer newsletters en un día se aprende, si hay que ejercer de community manager, de director de marketing o de secretario, pues se hace. Si hay que mudarse a 300Km de casa, vivir en un piso compartido por primera vez y ser independiente, pues se hace. Dos años y medio adaptándome constantemente. Pero esta hoja movida por el viento está cansada de no tener rumbo propio. Eso es todo. 

Y si bien nunca he sabido que responder a la pregunta: "¿Por qué te cortas?" Tal vez la respuesta sea que son ensayos para el día en que decida salir a escena por última vez. Sí, lo sé, para vosotros también será una vuelta al título. Pero a estas alturas, solo veo un precipicio del que tirarme aunque me asuste el vértigo.

Es una putada haberme comprometido a ir a terapia y que la cita, en este servicio público de salud mental, sea en octubre, porque eso implica que debo mantenerme vivo demasiado tiempo. Quizás, por otro lado, haber invertido los últimos ahorros en ampliar las asignaturas de este cuatrimestre me sirva de motivación para soportar estos meses. Meses en los que no seré dueño de mi futuro, ni presente, en plena incertidumbre con mi situación laboral ahora que el INSS me ha abandonado a mi mala suerte, a la espera de la biopsia de músculo para esperar un análisis genético que arroje, con suerte, una etiqueta que no sirva de nada.

Y en mi cabeza lo único seguro es que, tras ese ensayo, ya sé cómo marchar. Solo me queda terminar de trazar el plan y ejecutarlo. Porque vivir no es fácil. Y atajarse tampoco, pero sale mucho más barato que seguir sufriendo una vida que, insisto, no pedí.

Porque cuando te han convertido a la fuerza en equilibrista, por mucho que intentes mantenerte en pie, si se empeñan en agitar la cuerda, llega un momento en que caes, tropiezas, o te tiras.

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